Retratos de árboles. Chipauquil, Rio Negro. 2016.







Los árboles son entidades individuales y severas. Integran (y producen) un microcosmos activo, una urbanización populosa de insectos, hongos y hojas que nunca cesan de actuar. Los árboles no mencionan el silencio porque no lo necesitan. Son un enjambre de murmullos que no tienen noche, ni sueño ni amanecer.  Viven y activan durante siglos y no se cansan nunca.

Hay una conexión superficial con el árbol cuando se lo usa para frenar el viento.  Así como es superficial cualquier intento de frenar. Árboles, postes y tranqueras no componen un buen paisaje.  Se excluyen mutuamente y la convivencia no es suave.  Árboles y rocas, en cambio, inventan una geografía sobrenatural.



Una columna vegetal comunica dos elementos: tierra y aire, suelo y cielo. Comunican y transforman. Ni aire ni suelo serán los mismos luego de su reconducción a través del árbol. Las raíces transmutan la roca en arena, las hojas deconstruyen la composición del aire, crean agua a partir del oxígeno, diseñan destellos en las gotas de rocío y hacen raras operaciones con las sombras, la luz, el sonido y el color. Una reconversión general del entorno físico, una criatura dinámica que produce arte sin siquiera preguntar. Y la reconversión fundamental, otra vez y siempre: el tiempo de los árboles no es un tiempo normal.  El árbol te precede y reverdecerá sobre cualquier tumba. Pero: cuántas temporalidades diversas anidan en un árbol. El tiempo molecular de los líquenes, el tiempo sideral de las cortezas, el tiempo estacional de las hojas, el tiempo devocional de los insectos que no dejan de trabajar y, en fin, la fugacidad frenética de las aves, que trinan ya incluso antes de aparecer.

 Si esto es posible en un árbol individual, consideremos lo que puede hacer un pequeño bosque. Aunque sólo esté compuesto por dos árboles. El poder de reconfigurar el espacio y el tiempo, la luz, la tierra y el aire, es superior al poder del horizonte y tal vez (solo tal vez) equiparable al poder celestial de las nubes.

Retratar un árbol no es como retratar un conjunto de árboles. Cada personalidad, cada adusta presencia arbórea se reproduce abismándose en una espacialidad cavernosa. El campo focal se ve siempre comprometido en toda asamblea de árboles. No hay planos estables, todo se enrosca y fuga hacia el fondo, lo que está adelante preconcibe lo que se escapa hacia atrás. Y a la inversa: el fondo carece de sentido a no ser porque algo emerge en una complicada sucesión de planos.

Por eso: cuando se levanta la noche y solo queda una niebla espesa y difícil de respirar, nubes con olor a quemado desdibujan su profundidad a la vez que emanan desde una sorprende explosión de luz. Entonces, y a partir del movimiento oscilante de la luz, el tiempo vuelve a crear al espacio, resuelto ahora como multitudinaria convivencia de claridad, nube, niebla, movimiento y profundidades sin fin.



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