Estepa 2016. Salinas, San Antonio Oeste. Rio Negro.






La mirada selecciona sectores del espacio-tiempo y explora lo que aparece allí. Las cosas emergen dentro de un horizonte sugerido por los límites de la imagen, pero no se detienen ahí. Por más que veamos una línea de horizonte, sabemos que ese horizonte es circular.

Lo que expande ese horizonte es siempre una anticipación de aquello que no vemos (pero sí suponemos): la circularidad infinita y el retorno de todas las cosas. Hay algunos lugares que tienen un horizonte completo. Uno es el mar, otro es el desierto.

En el desierto estepario las mesetas no se terminan de erosionar. Las barren los vientos y las borra la niebla. El horizonte es continuo. El horizonte no encierra, no indica un adentro o un afuera porque siempre se está alejando. Indica un círculo mágico en el que cualquier lugar es el centro.

Entre tanto el círculo horizontal, el círculo mágico que no se cierra nunca, que no tiene centro y que parece emitido por la sustancia concreta de una luz invernal, esparce rocas. Los pedregales son una señalización del no-centro.  Por eso la gente reubica piedras bajo el amanecer. Sin la piedra, el círculo ya no se expande, se cierra. Comprime en su interior todo el universo estepario y lo transforma en un producto concretamente humano.

Ox: 2016

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